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EL DIRIGENTE
Cada
vez que hay una elección de
Directiva en alguna Institución,
se me viene a la memoria la
personalidad de don Miguel de
Cervantes Saavedra, autor de su
inmortal "Don Quijote",
personaje éste que arremetía y
quebraba lanzas contra todo lo
innoble y perverso, de donde
resulta el nombre universal de
Quijote para todo aquel que
desinteresadamente sirve los
propósitos de sus semejantes en
las directivas de las
organizaciones, ya sean éstas
deportivas, culturales o sociales.
Es
el tipo romántico que llena su
optimismo con la satisfacción de
haber servido a los demás. Es la
antítesis del otro personaje del
"Don Quijote": Sancho
Panza, positivista, de una
filosofía utilitaria, como muchos
individuos que adoptan cómodas
actitudes para recibir beneficios
sin exponerse a actuar, pero sí,
con bastante tupé para criticarlo
todo. De donde resulta, entonces,
que el papel de dirigente de una
organización es un Quijote que
recibe las críticas de los Sancho
Panza, cuando las actuaciones de
aquellos no son de su conformidad,
pagando con ingratitudes lo
desvelos y sacrificios que se ha
impuesto a sí mismo.
La
idiosincrasia humana está
contenida en estos dos personajes
de "Don Quijote": el
uno, todo ideal y desinterés y el
otro, realidad y aprovechamiento.
Todos
tenemos un poco de Quijote y de
Sancho. El dirigente que se pone
al frente de una asociación para
hacerla surgir y prosperar,
quitando tiempo a su hogar y
sacrificando sus horas de descanso
en beneficio de los demás, no
piensa en retribuciones
utilitarias, sino en la íntima
satisfacción de ser útil a sus
semejantes. Esto es Quijote. El
que rehuye toda responsabilidad
para no exponerse a críticas
maledicientes y aprovechar de los
beneficios conquistados, es Sancho
Panza. He aquí el ideal y la
utilidad.
Pocos
son los dirigentes que pueden
contar con la comprensión de sus
asociados. La mayoría siente la
amargura de que su sacrificio ha
sido estéril y se entrega al
abandono del pesimismo, lamentando
haber aceptado un puesto para
cosechar ingratitudes. Pero los
Quijotes no se acaban nunca y en
las asambleas para elegir
directores, cuando se barajan
nombres de hombres capaces para
ponerlos al frente de las
instituciones, cuando la mayoría
se excusa aduciendo futiles
razones, siempre emerge el
valiente que arrastra el
sacrificio de dar un paso al
frente.
Porque
el dirigente debe poseer una buena
dosis de optimismo para desafiar a
la realidad a sabiendas que sus
actuaciones siempre quedarán en
tela de juicio. Nunca se disculpa
a un dirigente de cometer una
equivocación, aunque ésta haya
resultado en contra de su
voluntad. Siempre caerá sobre él
la crítica agria, sin beneficios,
porque la crítica levantada es
constructiva y saludable, mientras
que la otra es deprimente, sin
tomar en cuenta que es humano
cometer errores.
Del
montón surge un hombre dirigente
y de buena voluntad que no trepida
en echar sobre sus hombros la
tareas de servir a la
colectividad. Pues, ahí está el
blanco. Se le recarga de
comisiones.,
de diligencias, dejándolo
imposibilitado para dar
cumplimiento satisfactorio a todo
ese cúmulo de compromisos.
Y
se oye decir: el
directorio no hizo esto, que esto
otro lo hizo mal, que, en fin, no
hace nada.
¿Qué
cosa es el directorio? Un grupo de
personas de buena voluntad, al
cual debe prestársele todo apoyo
para que dé cumplida
satisfacción a su mandato. El
socio que critica con acritud a
sus personeros se critica a sí
mismo, porque no ha sabido prestar
su colaboración para coadyuvar a
la realización de la obra común.
Cada
organización tiene los dirigentes
que se merece y no cabe
censurarlos, sino todo lo
contrario, prestarle toda su ayuda
y colaboración a objeto de que la
labor mancomunada rinda los frutos
óptimos a que tienen derecho a
aspirar los que tienen el corazón
bien puesto y la voluntad al
servicio de toda causa noble y
altruista.
He
querido trazar en estas breves
líneas, la silueta del dirigente
deportivo, sindical, cultural o de
otra actividad societaria
---prescindiendo del dirigente
político que es de otra
categoría---, poniendo de
manifiesto la incomprensión de
sus mandantes, que en raras y
honrosas excepciones se premian
sus actuaciones que con todo
altruismo e ideal ponen al
servicio de un grupo que ambiciona
surgir en el concierto de las
instituciones.
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